El laberinto aprendió a hablar
Un laberinto del que se sale enseguida es apenas un pasillo con pretensiones.
Éste, en cambio, tiene una lógica rara: uno no se pierde porque no haya señales. Se pierde porque todas las señales son invitaciones.
"Por acá están las cartas que nunca llegaron." → ☐
"Por allá el segundo piso, si la escalera decide volver a ser escalera." → ☐
"Al fondo, los productos que nadie pidió." → ☐
No hay un recorrido correcto. Hay recorridos posibles.
Donde perderse es parte de la experiencia.
Hoy abrimos cinco minutos antes porque la puerta tenía ganas.
Inventario.
Tres silencios impecables.
Una aventura usada, en muy buen estado.
Dos finales abiertos.
Un personaje que insiste en no jubilarse.
La sección de aventuras amaneció con arena en el piso.
Nadie hace preguntas.
Hay una silla reservada para quien todavía no sabe qué está buscando.
No alimentar a las metáforas después de medianoche. Se reproducen.
La puerta de salida tiene la costumbre de despedirse diciendo:
"Nos vemos antes de lo que imaginás."
Aunque sabe perfectamente que algunos visitantes nunca terminan de irse.
La estantería de viajes cambió de sitio durante la noche.
Dice que necesitaba conocer mundo.
Inventario de objetos imposibles.
Una llave que abre los martes.
Tres relojes que atrasan recuerdos.
Una brújula que siempre señala "todavía no".
La sección infantil amaneció dos centímetros más cerca del cielo.
Hay un banco en el patio reservado para las ideas que todavía no saben que lo son.
El reloj del hall atrasa exactamente lo necesario para terminar un capítulo.
Hoy el viento ordenó los papeles.
Nadie sabe en qué idioma.
El ascensor decidió convertirse en prólogo.
La puerta principal aprendió los nombres de quienes vuelven.
Jamás los pronuncia.
Jamás los pronuncia.
